Al menos 250 adultos y niños se encuentran en un campamento improvisado en Ciudad de México en su ruta hacia EE UU: “Mariúpol ya no existe, está destruido”

Los adultos le aguantan la mirada a la nada con ojos cansados bajo las carpas blancas que tratan de hacer olvidar el agresivo sol; los niños juegan al fútbol en una explanada del improvisado campamento. Son los ecos de la guerra desatada por Rusia en Ucrania hace más de dos meses que resuenan esta semana en Ciudad de México: al menos 250 personas han llegado a la capital en su huida de las bombas—entre ellos un 40% de menores de edad, según la organización United with Ukraine— y estos días se refugian en Iztapalapa, la alcaldía más poblada del país y una de las más peligrosas. Un improbable hogar de acogida que funciona desde el sábado en el parque Francisco I. Madero, erguido a base de lonas, colchonetas y la solidaridad de los vecinos que donan alimentos, mantas y otros productos básicos. La mayoría no hablan español ni inglés.

Está, por ejemplo, Hasmik, que va vestida con un chándal rosa intenso como para querer compensar todo el gris de los últimos dos meses. La sonrisa es cansada pero constante: resignada, pero con el gesto del que descubre que tiene una avería en casa, más que con el de una persona que con apenas 27 años acaba de dejar una guerra a sus espaldas. Le acompañan su hija de cuatro años, su hermana y su sobrina. México solo es una estación más en el camino que ha recorrido desde que dejó su casa en Odesa hace un mes y medio. Su objetivo es cruzar la frontera, llegar a Los Ángeles, buscarse la vida. “Bombas, destrozo, futuro para mi hija”, dice en un inglés titubeante.

El campamento está conformado por un puñado de carpas blancas de plástico. En al menos cuatro de ellas han colocado una tarima sobre el pasto seco. Hay filas de colchonetas en las que duermen, rodeadas de mantas, mochilas, ropa o juguetes. Los enseres personales; los restos que pudieron salvarse del naufragio. A pesar de que el reloj se acerca a las once de la mañana y el calor se acumula entre las lonas como en un invernadero, muchos todavía descansan. Los niños juegan alrededor. Otra carpa abierta repleta de mesas y sillas funciona como espacio común, una suerte de comedor. Hay grifos con agua corriente, baños portátiles y asistencia médica, además de comida y bebida que proveen las autoridades.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció el 21 de abril Uniting for Ukraine, un programa que en teoría facilitaría la entrada a 100.000 refugiados ucranianos en el país norteamericano, el objetivo de la inmensa mayoría de los que ahora esperan en Iztapalapa. En la práctica, la frontera está cerrada. Muchos de los que han llegado a Ciudad de México pasaron antes por otro campamento en Tijuana hasta que fue desalojado. Después de saturar los albergues de la ciudad norteña, bajaron hasta la capital, donde esperan que la iniciativa de Biden acelere el ansiado visado que les permita cruzar al otro lado del Río Bravo.

“Por eso estamos aquí, porque EE UU ha cerrado todas las fronteras”, explica Anastasya Polo, una de las coordinadoras de United with Ukraine, la organización de voluntarios que gestiona el campamento junto al Instituto Nacional de Migración (INM) y la alcaldía de Iztapalapa. “Le estamos pidiendo a la gente que no venga a México, que se queden en Europa y gestionen los papeles desde allí. Aquí es más peligroso, no conocen a nadie. Pero muchos ya compraron sus tickets y no pueden devolver el dinero, están atrapados”, sostiene.

El barrio, un sospechoso habitual de la crónica de sucesos chilanga, es, en efecto, peligroso. Tanto que recomiendan a todos los habitantes del campamento no salir solos a pasear o pedir coches que les recojan en la misma puerta del parque, a pesar de que la policía patrulla los alrededores. El 77.8% de la población de Iztapalapa aseguró sentirse insegura en la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana de marzo de 2022. El miércoles visitaron el recinto el subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas; Clara Brugada, alcaldesa en Iztapalapa y Martí Batres, secretario de gobierno de la capital para transmitir su apoyo a los recién llegados.

“Mariúpol es como Alepo”

La madre de Denis está muy confusa, asegura su hijo. La mujer no quiere dar su nombre, hablar ni tomarse fotos. Ella vivía en Ucrania. Él, en Chicago. Ha venido a México a ayudarla a cruzar al otro lado. Estaban en Tijuana, pero cuando desalojaron el campamento allí, alguien les dijo que era más fácil conseguir el visado en la capital. “México nos ha ayudado mucho, no vamos a olvidarlo”, cuenta solemne. Denis dice que sabe lo que es que su familia escape de las balas porque su esposa es Siria. Que ahora, “Mariúpol es como Alepo”. “Mariúpol ya no existe, está destruido”, concuerda Alexxei Olexxi, otro joven que ha venido también a recoger a su madre, que vivía en la ciudad ucraniana arrasada por las tropas rusas.

Es un patrón que se repite: ucranianos residentes en Estados Unidos que han bajado a México a ayudar a sus familiares a cruzar la frontera. Greg Birbrayen reside en Ohio, pero está aquí con su amiga Valentina, que no habla una palabra de inglés. Valentina recuerda; Birbrayen traduce. Entre los dos cuentan como en Poltava, la ciudad de la mujer, la gente huyó de forma masiva en trenes abarrotados de mujeres y niños —los hombres fueron obligados a quedarse y luchar—. “Estábamos aterrados de que algo así sucediera. Tenía una sensación de peligro urgente”, rememora ella. Logró escapar a Polonia; de ahí a Cancún; tres días en Tijuana y, finalmente, Iztapalapa.

Ellos son solo un puñado de historias. Más de cinco millones de personas —de acuerdo con Statista— han abandonado Ucrania desde que el presidente ruso, Vladimir Putin, declaró una nueva ofensiva en febrero para una guerra latente desde 2014. En las entrevistas en Iztapalapa, sin embargo, nadie menciona a Putin. Todos hablan de las bombas del pasado, la dificultad del presente y las esperanzas del futuro. Hay relativa calma y pulcritud en el campamento. El hacinamiento, en comparación con otros asentamientos organizados por las autoridades cuando a la ciudad llegan caravanas de migrantes procedentes de Centroamérica, es menor.

El campamento está blindado por trabajadores del INM, la alcaldía y agentes de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, que expulsan a los reporteros de EL PAÍS e impiden las entrevistas en las inmediaciones del parque. Hay un horario oficial habilitado para la prensa, las dos de la tarde, pero en ese momento solo se permite hablar con dos personas seleccionadas por la organización y hacer fotos desde lejos, sin poder entrar al recinto. Muchos de los refugiados, aseguran, no quieren hablar con los medios. Una fuente de la alcaldía que prefiere conservar el anonimato señala que se ha prohibido a los empleados establecer contacto con los ucranianos de no ser necesario: “Nos dijeron que no nos hiciéramos amigos”.

Goteo de refugiados

Lo más difícil para Natalya (36 años) fue tomar la decisión de abandonar la ciudad y echarse a la carretera con sus cuatro hijos pequeños. Los rumores que corrían por Irpin hablaban de tanques rusos en los alrededores de la ciudad que abrían fuego contra coches civiles. Ella, que ya había tenido su dosis personal de tragedia cuando su marido murió por coronavirus tres meses antes de la invasión, de pronto se vio abandonando su vida, su casa, todo lo construido con su esposo a lo largo de años de trabajo. “Si no hubiera sido por la gente que me ayudó, habría muerto allí, la ciudad está completamente destruida”, cuenta. Agradece a Dios que en la huida sus hijos no tuvieron que presenciar ninguna de esas escenas atroces que la guerra ha llevado a Ucrania.

La gran pregunta ahora es cuánto tiempo tendrán que esperar aquí. No hay fechas concretas y nadie sabe nada. Mientras tanto, el goteo de personas que llegan al campamento es constante. En parejas, solos o en autobuses fletados por la alcaldía que los recoge en el aeropuerto. El principal problema es continuar el aprovisionamiento de comida si el número de ucranianos que llega crece; hacerse con ventiladores para el calor de la mañana y calentadores para el frío de la noche. Y lidiar con los traumas y los recuerdos que ha dejado la huida. Por ejemplo: hay una estación de tiro donde la policía practica puntería cerca del parque. El primer día, cuando se escucharon los disparos, el pánico cundió entre los refugiados. Hay heridas que no cierran ni al otro lado del océano.

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